Le regalé mi talento a la nada aspirando encontrar compañía.
La nostalgía de la diferencia
y la melancolía del día a día
hacía mi estadía demasiado fría y con un exceso de espacio.
Mi talento no vale nada en la soledad, pensaba en mi niñez,
ahora en este principio de adultez me siento solo sin mi talento.
Es curioso pero lo he negado tanto que ya no recuerdo
mis capacidades, el límite supuesto a romper o la meta cercana a lograr.
No tengo por donde empezar o un fin el cual cumplir...
Nadie me dijo que yo mismo era mi talento y
fui yo mismo quien se regaló a la nada.
Y me regalé por temor al adjetivo.
Sí, al adjetivo, por culpa de ese ente calificativo
del verbo.
Donde cada hacer tiene un sin fin de correlativos en el diccionario
y donde se aprende a diario qué pega con qué.
Que si haces esto, eres un raro...
y si dejas de hacerlo eres igual de raro pero en otro sentido...
de pequeño el mundo me enseñó que la sociedad solo sabe
adjetivar a un mundo escazo de verbos...
Y en mi cuerpo quedaron los vestigios de aquellos adjetivos
disfrazado de falsos verbos.
De pequeño la vida que viví me confundió
si amar es en verdad un adjetivo, o un verbo.
Creo que allí, citando a Shakespeare, está la interrogante:
¿Adjetivo o verbo? he ahí el dilema.
Todo aquel que pueda entender la magia de las palabras que aquí les dejo merece el título de rey. Ya que, entender mi magia es un lujo y , por supuesto, es el lujo que tiene por título este espacio.
martes, 19 de abril de 2016
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