sábado, 19 de septiembre de 2015

Tercera alegoría de Merlin

Siempre me ha parecido particularmente poderoso,
y tenebroso,
el poder de las palabras. (Le dice el rey a su séquito)

- ¿Cómo así? (Responde alguien de la multitud)

Es fácil, arrodíllense.
De ser posible sonrían mientras lo hacen.

- Rey, pero ¿Eso no es por el poder de su cargo mismo?

Entonces asumes que tengo poder sobre ti.
Asumes que tengo una cadena invisible
que hace que te sometas ante mi.

-En cierto sentido sí, mi rey.

Curioso.
Probemos algo más con este poder tenebroso.
Quiero que en este momento seas el mejor médico del reino.
El mejor pintor de este y el otro milenio.
Quiero que vivas más de cien decenios
y que envejezcas saludable.

-No puedo obedecer esas ordenes, mi rey.

¿Por qué no?

-Me pide cosas imposibles.
Sería como decir que domara un caballo sin hablarle;
que pudiera quebrar una roca sólo con verla,
que pudiera correr toda mi vida sin cansarme...
Y todo eso atado de las piernas.

Ahí estriba la diferencia entre usted y yo.
Yo domino sin hablar,
corro en un maratón, llamado vida, sin cansarme,
y cabe acotar que cada palabra que digo atan mis piernas sin vacilar.
Ahora le pregunte yo a usted ¿Qué es lo que no puede?

-Ya no lo sé, rey.

Eso esta mejor.
Yo tampoco sé que no puedo hacer.




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Amor

Tres tristes tragos tragué, Eres tú, es el otro, ya no sé.