lunes, 27 de julio de 2015

Inquilino

Siempre me ha parecido curioso
como  tenemos ese miedo particular
a todo lo que entra en nuestra vida, sin que tu lo dejes entrar.

Así sea la irrupción de un ladrón
Así sea un halago por un mal nombrado loco.
Así sea un perdón del mismo ladrón,
o sea el mismísimo coco.

Le tememos al aguijón de la abeja,
pero no a su polinización.
Solemos tenerle miedo a la muerte
pero no al creador.

Algo muy curioso pasa con el amor.
El amor entra cual bandido.
Bandido que invade tu espacio, y te llena de temor.
Temor que inunda todo espacio junto con premura, incertidumbre y emoción.

Pasa tus barreras como si nada.
Aparece en tu casa de la misma manera que cualquier espectro.
Y el primer contacto directo,
te deja pasmado.

El amor es un invasor adinerado,
El cual se hospeda en espacio, aparentemente, ocupado
y sin reservación.

El amor es un inquilino adinerado,
que te paga por adelantado
cada habitación.

Es tan libre de irse, como de quedarse.
Puede hacer el desastre que tu le permitas.
Parece ser muy habilidoso para equivocarse.
Y, también, será tan longevo como se lo permitas.

El amor no es para nada ciego,
y tiene sus prejuicios inherentes.
El amor se fusiona con un individuo en el presente
para tener juntos un luego.

El amor es un inquilino que paga la renta a su manera,
y espera una manera particular de paga.
Pero, la renta del amor es una incógnita.




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Amor

Tres tristes tragos tragué, Eres tú, es el otro, ya no sé.