Sonrío, sin querer, al verla en redes sociales.
Inclusive cierro los ojos y recuerdo su olor particular
difícil de precisar
pero fácil de distinguir.
Esos hoyuelos en las mejillas
y esos ojos achinados al sonreír
me siguen erizando suavemente la piel
y me hace suspirar con una calma difícil de describir.
Hoy es abril y sé poco de ella.
Me gustaría imaginarme que eso cambiaría en un futuro.
Pero en este momento ella trabaja en ella,
y no sé si haya espacio para Arturo.
Yo la seguiré mirando,
animando de lejos
cual porrista de los Lakers.
Yo la seguiré mirando -en esas historias,
y contaré esas historias, ante el papel, cual recuerdos de viejo
sin saber si el momento en que se acerque, llegue.
Aunque supongo que también he cambiado,
en ves de correr y de hacer lo imposible
para estar a su lado
me di cuenta que respeto su espacio
porque también aprendí a querer el mío.
Y aunque es un poco duro de aceptar
no sé cómo estar
y en lugar de estar sin saber
prefiero pausar el estar
para conocer
me.
Es un espacio distante mutuo
mediado por un parcial silencio.
No conozco la pintura al otro lado del lienzo.
Pero, al menos por este instante, necesito descubrirme
para estar a gusto.
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